Tensión bursátil: EE.UU. e Irán tensan la cuerda; cómo operar ahora
El Estrecho de Ormuz es un paso marítimo de apenas 160 kilómetros de largo y menos de 33 kilómetros de ancho, en su punto más angosto. Tampoco es excesivamente profundo (entre 50 y 60 metros de sonda media), lo cuál es importante porque restringe, relativamente, la acción de submarinos de ataque en la zona. Y hemos pasado tan rápidamente del ámbito geográfico al militar porque en estos momentos, como es evidente, Ormuz es uno de los enclaves más importantes del mundo para la geopolítica y, por consiguiente, también para los mercados financieros.
Antes de entrar en materia, que tiene mucho de economía y no poco de geoestrategia, no está de más comentar que en el actual contexto financiero internacional, uno de los principales miedos del mercado consiste en una vuelta al primer plano de las presiones inflacionistas. O más exactamente, que los bancos centrales no sean capaces de actuar adecuadamente, si estas presiones vuelven a aparecer. Esta lucha está siendo relevante entre la Casa Blanca, claramente partidaria de una política monetaria más laxa, y el presidente -ya en trance de salida- de la Reserva Federal, Jerome Powell. Con una economía que muestra signos de ligera ralentización, pero con unos IPC´s que se resisten a bajar, una sacudida exógena de los precios no es lo más conveniente. Y aquí entra Ormuz.
La correa de transmisión de estos repuntes de la inflación es naturalmente, el precio de la energía y, de manera más concreta, el petróleo y el gas. Por el estrecho de Ormuz navega el 20% del crudo y gas licuado mundial, cuyo principal destino es Extremo Oriente…con China a la cabeza. Existen poderosas razones para que ninguno de los intervinientes en el conflicto actual, quiera ver un cierre prolongado del tráfico marítimo en el Estrecho. Desde el punto de vista de Irán, la venta de petróleo es su principal fuente de divisas. Desde el punto de vista chino, la falta de suministro le debe llevar a buscar mercados alternativos, algo posible pero no sencillo, con Rusia en guerra, Venezuela neutralizada y Estados Unidos como opción…poco viable. En cuanto al resto del orbe, Norteamérica incluida, aun asumiendo que existe un posible exceso de oferta de crudo y que es factible incrementar dicha oferta (recientemente la OPEP se comprometió, por ejemplo, a aumentar su producción en tres millones de barriles diarios), la realidad es que, a corto plazo, como parecen descontar los mercados, el precio del barril no puede sino subir. Y eso es inflación y tipos más altos o, como mínimo, no más bajos, como inicialmente se preveía para EE.UU.
Resulta sintomático que, en estas primeras fases de los combates, según se ha reportado, no han sido atacadas las instalaciones petrolíferas de Irán. Por otra parte, resulta bastante lógico que no constituyan los blancos primarios: antes de eso, EE.UU. e Israel deben tratar de poner fuera de combate los medios de mando y control iraníes (el ataque a la cúpula del régimen es una muestra en ese sentido), conseguir la superioridad aérea (lo que implica el ataque a bases aéreas, radares y baterías de artillería antiaérea), unidades de lanzamiento de misiles balísticos (principal arma de represalia iraní), centros de producción de misiles, plantas del programa nuclear y…unidades de la armada y misiles antibuque (especialmente los Qader, con un alcance estimado de 300 kilómetros) desplegados en la zona de Ormuz. Además, Irán mantiene tres submarinos clase Kilo de origen ruso, que pueden representar una amenaza para el grupo del portaaviones Lincoln, en aguas cercanas, pero también para la navegación civil. A ello se añade una docena larga de submarinos más pequeños de fabricación local, aptos para las aguas someras que comentábamos de Ormuz. Todo esto es una amenaza notable al tráfico de salida de crudo saudí, kuwaití, qatarí y de los Emiratos Árabes Unidos, si no es eliminada.
Por el contrario, sí hay noticia de intentos de ataque con misiles balísticos y drones iraníes a plantas petrolíferas de países de la zona (por ejemplo, una refinería de ARAMCO, en Arabia Saudí). La lógica que subyace, por parte iraní es que, si ellos no pueden sacar su producción, obstaculizar en lo posible la de sus enemigos. Naturalmente, esto añade más tensión al precio del crudo.
Como era de esperar, en esta primera sesión de mercados tras el comienzo de las hostilidades, las bolsas están teniendo un importante retroceso, pero, más interesante, la deuda pública, lejos de actuar como activo refugio, está viendo subir rentabilidades en todos los tramos de la curva. Es decir, los inversores descuentan subidas de precios, tipos más altos y, eventualmente, mayor gasto público. En defensa, por ejemplo. En ese contexto, desde el punto de vista de los mercados, adquiere especial importancia el tiempo que dure el conflicto. El despliegue militar de EE.UU. (alrededor de 350 aviones de combate con base en tierra y en los dos portaaviones presentes en la zona, 6 aeronaves de alerta temprana, más de 40 cisternas para suministro de combustible en el aire a los cazas, etc.), a los que hay que añadir los medios israelíes, sugiere una campaña intensa de varias semanas, tal vez hasta un mes, como ha sugerido el propio Donald Trump. Descartada una batalla terrestre (llevaría meses enviar fuerzas de combate a la zona de entidad suficiente para una invasión), la única alternativa consiste en un derrumbe interno del régimen -algo posible, aunque improbable- o bien alcanzar objetivos palpables, solo mediante ataques aéreos. Destruir la infraestructura nuclear y misilística de Irán, en resumen. Algo complejo y, en todo caso, transitorio en la medida en la que el fin de los ataques conllevaría, probablemente, la vuelta de Irán a tratar de reconstruir su fuerza. En otras palabras, podemos enfrentarnos a varias sesiones de bolsa y bonos con fuerte volatilidad. Y, mientras Ormuz siga cerrado, de facto o porque ninguna naviera ose tomar ese riesgo, la presión sobre los mercados, muy probablemente continuará.
